¿Alergia o intolerancia alimenticia?

19.01.2021 | Helvetia Seguros
Suelen asociarse como patologías, pero en realidad son muy distintas. También sus consecuencias. Es importante diferenciarlas: puede irnos en ello nuestra propia vida.

La evolución en los hábitos de consumo y la irrupción de nuevas dietas en las sociedades modernas han favorecido el desarrollo de un mayor número de intolerancias y alergias alimenticias. Asimismo, los avances médicos han permitido que éstas sean más rápidamente reconocidas y detectadas. En consecuencia, hoy sabemos que su incidencia sobre la población es considerable y, en determinadas sociedades, bastante preocupante.

Sin embargo, aunque suelen asociarse como si fueran una misma cosa, la intolerancia alimenticia no tiene nada que ver con la alergia a los alimentos. Son dos patologías diferenciadas y al que conviene dar un tratamiento bien distinto. También es distinta su incidencia: mientras que la intolerancia alimentaria afecta, según los expertos, al 25% de la población, las alergias alimenticias alcanzan sólo al 3,6%. Si bien, la incidencia sobre la salud de estas últimas puede llegar a ser mucho más grave.

Según la FSA (Fundación Seguridad Alimentaria y Prevención de Alergias), el primer contacto entre una sustancia y el sistema inmunitario sirve para reconocer y clasificar dicha sustancia. Si nuestro organismo lo identifica como una sustancia hostil, la atacará la próxima vez que se la encuentre. Esta es la base de la alergia alimentaria: el cuerpo actúa ante lo que considera un riesgo, de manera que los glóbulos blancos producen anticuerpos para neutralizar al alimento. La liberación de histamina por parte de nuestro organismo es la que produce las reacciones alérgicas.

Son mucho y muy variados los alimentos que pueden generar alergias, y depende mucho de los hábitos de consumo de cada sociedad. En España, por ejemplo, si hablamos de alimentos vegetales, los más alergénicos son determinados frutos secos, como las avellanas o las nueces, determinadas frutas (las rosáceas o los kiwis), algunas legumbres (lentejas, por ejemplo) o determinados tipos de verduras, como las zanahorias o los tomates. Si hablamos de alimentos animales, las proteínas de la leche y el huevo se llevan “la palma”, especialmente en el caso de los niños, mientras que en adultos suelen ser habituales los mariscos y algunos pescados.

La alergia alimentaria se considera la patología cuya prevalencia ha aumentado más en la última década. Y que tiene especial incidencia sobre la población joven. Así, mientras que afecta a un 3,6% de la población, en el caso de la población pediátrica el porcentaje llega al 10%. Es importante ser muy precavidos con este tipo de alergias, ya que puede derivar en anafilaxias y tener incluso consecuencias mortales.

Frente a las alergias alimentarias, la intolerancia alimentaria no se desarrolla en el sistema inmunitario, sino en el sistema digestivo. Su causa es debida a una ausencia de enzimas, que son las moléculas proteicas que se encargan, entre otras funciones, de la descomposición de los alimentos. Sus consecuencias son menos letales que las de la alergia alimentaria, y en general es una patología más llevadera: suele ser suficiente con mantener hábitos de prudencia alimenticia, eliminando de nuestra dieta determinados alimentos o consumiéndolos en muy pequeñas dosis.

Para saber si lo que sufrimos es una alergia o una intolerancia, la opción más aconsejable es visitar al médico. Pero los propios síntomas de una u otra nos pueden ayudarnos a sospechar cuál de ellas padecemos: mientras que en la intolerancia alimentaria suelen ser comunes los episodios de náuseas, gases, retortijones abdominales, diarrea, irritabilidad o cefalea, ante una situación de alergia alimentaria podemos sufrir problemas para respirar, tos, vómitos, inflamaciones o incluso disminución de la tensión arterial. Además, aunque una reacción alérgica puede presentarse en principio de forma leve, con un nuevo contacto con la misma sustancia la reacción puede poner incluso en riesgo la propia vida. La sensibilidad en algunos casos ante la sustancia por parte del alérgico es extrema: basta incluso con tocar el alimento o inhalarlo. La única solución posible es evitar el alimento problemático.

En cualquier caso, la mejor forma de saber cuál es nuestro problema es ponernos en manos de nuestro médico de cabecera.